Recuerdo una etapa en la que cada anochecer solía acampar en un rincón, ahora solitario, de esta misma habitación. Mientras que mis discos de los Red Hot entraban por los oídos a través de unos grandes cascos, e intentaba a duras penas rasgar algunas de esas notas a la hija bastarda de Fender; pensaba que nada había cambiado a nuestro alrededor, y que en algún otro lugar, tú también me extrañabas, pero en una versión más popera y acorde con tu personalidad.
Aunque fuera consciente de que me creaba una falsa felicidad y que al amanecer todo permanecería tan inaguantable como el día anterior, lo hacía cada una de las noches y reconozco que no había nada más reconfortante.

1 comentario:
Tienes una forma de expresarte muy peculiar que me gusta mucho. Un abrazo.
Publicar un comentario